En la pretensión de indagar sobre quiénes somos y particularmente en donde nos encontramos, hay que tener en cuenta que nuestro planeta es uno entre otros tantos del sistema solar y que éste a la vez hace parte de una gigantesca galaxia en forma espiral, que también recibe el nombre de vía láctea, cuyo tamaño es de aproximadamente un trillón de kilómetros y según los expertos, tiene aproximadamente entre 200 y 400 millones de estrellas. Cabe señalar que en el universo que hasta ahora se ha logrado observar existen aproximadamente más de cien mil millones de galaxias. Estas dimensiones nos hacen recordar lo insignificante de nuestro sistema solar y por ende del ser humano comparado con la totalidad, razón por la cual, cuando se levanta la mirada hacia firmamento, es cuando se desvanecen por su propia fuerza el ego y todas las pretensiones humanas de grandeza y de realce personal.

La etimología es un referente de gran estima con el propósito de indagar sobre las raíces de los términos, más aún cuando se amparan en uno u otro mito, que pone en movimiento nuestra imaginación con el propósito de entender el universo que nos circunda. Una vez más en este sentido la mitología se convierte en un cauce que entrelaza una circunstancias propias del imaginario de los pueblos, con la realidad técnica y científica, como precisamente ocurre en este caso, que el relato mitológico se convierte en un referente simbólico que es de gran ayuda para describir la realidad estelar de la que nuestro planeta hace parte.

El mito dice que Zeus, el dios de los dioses tuvo un hijo cuyo nombre fue Hércules en una aventura amorosa con Alcmena quien era una mujer mortal que se destacaba por sus encantos y su belleza física. Lo cierto es que Zeus quería que su hijo no solamente fuera un semidios, sino que lograra la inmortalidad, para lo cual se requería que tomase leche materna de la diosa Hera o también conocida bajo el nombre de Juno, quién era la esposa de Zeus, por lo que solicitó a Hermes la tarea de trasladarlo al Olimpo con el propósito de que cuando su esposa estuviese durmiendo, lo acomodara cuidadosamente a su lado, con el fin de que pudiera mamar de su pecho, tarea que Hermes cumplió atentamente, pero no contaba con que Hércules succionara con excesiva fuerza, dando pie a que la diosa despertara, lo que condujo a que su leche se derramara en el firmamento formando así un cúmulo de estrellas de color blanquecino que recibió a raíz de estas circunstancias el apelativo de vía láctea.

Por estas circunstancias se utiliza el nombre de "vía láctea", "camino de leche" o "galaxia" con el fin de referirse a este mito relacionado con la leche de la diosa. Igualmente no se puede desestimar que el griego Demócrito (460 a. C. - 370 a. C.), como producto de sus observaciones sobre esta zona del cielo, fue el primero en señalar que se trataba de una multitud de estrellas que poseían un brillo demasiado tenue y que por esta razón en su conjunto desde la tierra se apreciaban como una zona blanquecina.

Igualmente es probable que como producto de estos relatos mitológicos, el cielo se llegó a considerar por la capacidad nutritiva propia de la leche materna, como sinónimo del maná qué proviene del cielo y de todo lo que tiene que ver con la preservación de la vida o simplemente con un alimento espiritual que lleva a acceder a la inmortalidad como una pretensión humana manifiesta en lo profundo del ser humano desde la más remota antigüedad. Estos mitos de una u otra manera le hacen recordar al ser humano la posibilidad de lograr una grandeza del alma y de trascender las barreras que la materia le impone.

 

Categoría: Noticias Astrológicas   Publicado: Martes, 19 Agosto 2014 18:37  Visto: 2333 Tags: Imprimir

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