Origen del zodiaco

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Los sumerios consideraban que en el caos estaba el origen del universo y de ese estado surgieron los primeros dioses y diosas convirtiéndose así en los gestores de los seres que habrían de existir. En sus relatos Marduk, quien posteriormente fue identificado bajo el nombre de Zeus (según la mitología griega), libró una encarnizada lucha contra la diosa Tiamat y sus guerreros hasta vencerlos. Dividió el cadáver en dos y con estas dos partes creó el Cielo y la Tierra, de donde se deduce que éstas tienen una raíz común, por lo cual; lo contenido en el cielo, la Tierra igualmente lo posee. Este mito en un principio se percibe como consecuencia de un acto de crueldad, pero hace entrever la visión de estos pueblos en torno a la creación. Por ello, una vez su cuerpo fue dividido en dos, la vida, al igual que los procesos fisiológicos y energéticos que le caracterizaban, se mantuvieron de forma tal, que lo experimentado por una parte de ese cuerpo se veía reflejado sobre la otra y viceversa; se pudo concluir que aquello existente en el cielo también hacía parte de la Tierra. Ellos pensaban que en la medida en que los astros se desplazaban por el cielo, simultáneamente en la Tierra se manifestaban movimientos y por ende sucesos; y si en ésta existían acontecimientos, en el cielo los debía haber. Lo que inevitablemente llevó a reiterar el paralelismo entre estas dos dimensiones.

Es importante resaltar que los caldeos constituyen el primer pueblo que habló de un cielo hemisférico similar a lo que en la actualidad se sabe; sin embargo, pensaban que el universo estaba limitado por los linderos establecidos por Marduk, que reflejan la existencia de una muralla en los contornos de la bóveda celeste, con dos grandes puertas: por una salía y por la otra se ocultaba el astro rey, lo que les permitió hallar una razonable explicación al mundo que les rodeaba, de allí que al referirse al sol, decían que salía rodando como una enorme rueda que guiaba una carroza que cruzaba el cielo de manera tal que una vez llegaba al punto más elevado, descendía hasta perderse por la puerta oeste de la gran muralla. El mito dice que durante la noche y en forma silenciosa se desplazaba por una extraordinaria caverna, para emerger nuevamente de ella a la mañana siguiente por el oriente, dando así inicio al nuevo día.

Según se supone en el año 3300 a. C., los sacerdotes sumerios y estudiosos de la bóveda celeste elaboraron mapas de las estrellas y dividieron el cielo en constelaciones, pero muy especialmente centraron su atención en el sendero que tanto el sol como la Luna recorrían, dando pie al surgimiento de la visión sobre los signos y las constelaciones. En sus catálogos estelares no sólo registraron la posición precisa de las estrellas visibles a simple vista, sino que también plasmaron los movimientos planetarios. A raíz de estas observaciones estuvieron en condiciones de construir diversos calendarios y de predecir con gran precisión los eclipses de Luna. Es de resaltar que en las tablillas arqueológicas halladas se percibe que ellos fueron los primeros que hablaron del zodíaco y de las subdivisiones tan empleadas en la actualidad, conocidas bajo el término de decanatos.

Dividieron un círculo concéntrico en 12 partes y cada una en tres rayos, conformando así las 36 secciones en las que coincidían diversas estrellas, al igual que una serie de números simples, cuyo significado aún no ha sido descifrado. Según se tiene noticia desde el punto de vista astronómico, éste fue el primer intento claro y evidente de una representación veraz del zodíaco.

LOS CALDEOS

Caldeos y habitantes de otras latitudes, una vez que centraron su atención en el cielo, consideraron que los planetas y otros puntos estelares visibles fueron colocados por los dioses y que ellos guardaban memoria en torno al quehacer humano y cumplían la función de dar pautas sobre el accionar de cada cual.

Estrellas y planetas, fueron vistos como fuentes de mensajes y de ilustraciones para los seres humanos, de allí que éstos requirieron hallar los intérpretes de la bóveda celeste, para conocer o saber lo que los dioses querían de ellos; es por esto que a los primeros astrólogos los llamaban “los intérpretes de los dioses", de donde surgieron los famosos oráculos.

Los caldeos, a diferencia de las demás culturas, se dedicaron a observar y a interpretar los alcances de los acontecimientos estelares, lo que dio pie al surgimiento de la Astrología y la Astronomía, incipientes ciencias que se consideraron dos áreas del saber que formaban un núcleo indisoluble, en el sentido que producto de múltiples cálculos matemáticos precisaban las fechas en donde se habrían de manifestar determinados eventos en un futuro y posteriormente interpretaban sus implicaciones. Es de notar que con el paso de los años los astrónomos se quedaron en la parte fría de esta labor, como es precisamente la de calcular los acontecimientos celestes, al detectar la época específica en la que se producía un suceso celeste y cerraron la puerta hacia las posibles repercusiones que pudieran tener sobre los sucesos terrestres y humanos.

Los Caldeos a raíz de estas observaciones, se convirtieron en los primeros investigadores que elaboraron tablas planetarias que contenían las fechas en las cuales se presentarían las estaciones y en donde reflejaban el movimiento de los diferentes astros. Por la cotidiana observación de la bóveda celeste pudieron detectar las diferencias que existían entre los planetas y las estrellas. A ellos es precisamente a los que se les debe que el año sea medido como en la actualidad se hace y que los días de la semana se hayan diferenciado.

Las razones que condujeron en su momento a determinar que la agrupación de unas estrellas con otras simbolizaba un animal, un ser humano, una cosa o una divinidad fue consecuencia de múltiples observaciones y de paralelismos que apreciaron significativos en torno a la congruencia manifiesta entre los acontecimientos terrenos fruto de las estaciones y la realidad celeste, en el sentido que se convirtió en fuente decisiva y en asidero clave sobre la tenencia de sólidos elementos de juicio que les permitieron bautizar las constelaciones con los nombres que hoy se les conoce:

  1. La actividad terrena y humana ante las estrellas

Cuando llegaba la época del verano los habitantes de estas latitudes tenían la convicción que las cosechas se evidenciarían en los hechos y particularmente el trigo abundaría, de allí que concibieron la aparición de esas estrellas como propias de la cosecha y se valieron de ese símbolo y de la imagen de una diosa teniendo en su mano una espiga que simbolizaba la abundancia que la naturaleza ofrendaba. El signo de Leo surge en la época de los calurosos veranos que secaban la tierra y presionaban a los animales que generalmente permanecían en las zonas altas de las montañas a descender en búsqueda del preciado líquido desplazándose hacia las riberas de los ríos, pero sucede que entre ellos estaba precisamente el León causando los estragos que le eran propios. Es por esa razón que el ascenso del signo de Leo por el oriente se convirtió en un llamado de atención sobre su temida presencia. De la misma manera la llegada de Sagitario habla de un periodo en el que es imperioso acumular grasas porque se avecina el invierno. Lo mismo que ocurre con los demás signos.

   2. La inspiración espiritual propia de los místicos

Las tareas espirituales de los sacerdotes meditadores y místicos de aquellos tiempos les permitió encontrar luces que le ofrecieron certezas en torno a la presencia de estas agrupaciones de estrellas y sus nombres es muy posible que hayan sido revelados fruto de sus dinámicas interiores.

  1. La evolución de los términos

De la misma manera es muy probable que los nombres de muchas de las constelaciones hayan ido evolucionando con el transcurrir del tiempo tal y como ocurrió por ejemplo con el signo de Aries que originalmente se le llamó el jornalero al tratarse de una temporada primaveral en la que la faena se hacía necesaria para que la vida fuera una realidad en el sentido que era imperioso sembrar y establecer las bases para las futuras cosechas. Por tal motivo surgió el vocablo ‘jornalero’ y con los años migró hacia el carnero dado que en aquellos tiempos se pensaba que la tenencia de estos animales era sinónimo de riqueza y opulencia. Así se apropió de este apelativo con el que quedó bautizado para siempre.

Lo cierto es que dejaron plasmado el recorrido anual del sol por las doce constelaciones cuyos nombres aún en la actualidad se mantienen en su mayoría. En el valle formado por los ríos Tigris y Éufrates denominados la Medialuna Fértil se encontraron múltiples tablillas de barro cocido que provienen del año 5000 a. C, y que contienen la descripción de estos primeros grupos de estrellas: el Carnero, el Toro del cielo, los Grandes gemelos, el Trabajador del lecho del río, el León, la Anunciadora de la lluvia, el Creado a la vida en el cielo, el Escorpión del cielo, la Cabeza de fuego alada, el Pez-cabra, la Urna y el Sedal de pesca con el pez prendido.

 

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